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Presupuestos y Consecuencias de la Ideología de Género

La teoría de género tiene sus raíces filosóficas en el materialismo y en el existencialismo ateo. Igualmente, está emparentada con la antropología individualista del neoliberalismo radical y con la denominada revolución sexual, representada, especialmente, por Wilhen Reich y Herbert Marcuse. Además, toma algunos principios doctrinales de la visión neo-marxista de la historia: la lucha de clases –opresores oprimidos- se lo aplica a la relación varón –mujer y que debe conducir a la total desaparición de “las diferencias” entre los sexos.

 

El concepto de género, en la actualidad, está presente en todos los campos de la vida humana: lingüístico, educativo, político, social, económico, jurídico y religioso. Esta constatación no lleva a preguntarnos por sus presupuestos antropológicos y sus consecuencias en la persona, en el matrimonio, en la familia y en la sociedad.

  1. Presupuestos antropológicos

La ideología de género sostiene que la sexualidad humana  es  una “construcción” psicológica (sentimiento y voluntad) y cultural (convencional), independientemente de la “naturaleza” biológica y psíquica del ser humano.

 

Este axioma o “verdad” lo fundamenta en algunos presupuestos antropológicos aún no probados.

  1. Relación sexo-género

Según esta teoría, existe una “separación real” entre “sexo y género”. El sexo biológico -varón o mujer- nada tendría que ver con el “genero” psicológico -masculino o femenino- ni con el género cultural –masculino o femenino.

 

Esta afirmación se remite a otra separación más profunda: la de cuerpo/-/alma; un dualismo platónico y neoplatónico que no sólo los separaba, sino que los enfrentaba sosteniendo que el cuerpo era la cárcel del alma. 

 

La orientación sexual, la preferencia sexual y la opción sexual dependen ya no de la biología o naturaleza, sino de la psicología - cómo se siente y decida el individuo- o de lo que cada cultura, a través de la educación, pueda construir y dictaminar.

 

Desde la óptica de la CONSTRUCCIÓN, podrían darse muchas variantes de “sexo y género”, como por ejemplo:

  • Heterosexual

    • Sexo varón - género masculino. Cuerpo de varón con alma masculina.

    • Sexo mujer - género femenino. Cuerpo de mujer con alma femenina.

 

  • Homosexual

    • Sexo varón - género femenino. Gay: tenencia al mismo sexo: varón.

    • Sexo mujer - género masculino. Lesbiana: tendencia al mismo sexo: mujer.

 

  • Transexual: Cuerpo de varón con alma femenina. Cuerpo de mujer con alma masculina.

 

  • Bisexual: tendencia a los dos sexos.

 

  • Intersexual: la persona presenta conjuntamente caracteres sexuales masculinos y femeninos.

 

  • Otros (más de 100 combinaciones).  

El concepto de género, como construcción psicológica y cultural, se transforma, de este modo, en CLAVE DE LECTURA o de interpretación de toda realidad humana: social, política, económica e incluso religiosa (Dios, por ejemplo, debería ser visto como masculino y femenino, padre y madre, niño y niña).

 

La realidad, de este modo, es vista y analizada desde el enfoque de género, o perspectiva de género o, en sentido más sistemático, desde la teoría o ideología de género. Se trata, por lo tanto, de un cambio cultural, donde todas las relaciones del ser humano: consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios son tratadas en clave de “género”. Por este motivo, hablan de identidad de género, igualdad de género, paridad de género,  diversidad de género, violencia de género contra la mujer, entre otros; desde esta misma óptica de género, se refieren a la re-orientación sexual y al cambio de sexo.

 

Esta concepción sobre la sexualidad humana luego pasa al campo jurídico; primero, se lo presenta como un derecho del ser humano (IUS); y, luego, se la legisla en la Constitución, en las leyes y  normativas (LEX). En caso de incumplimiento, es comete una infracción o un delito (DELICTA); y, como consecuencia, se recibe las respectivas penas o sanciones (POENA)

 

Además, sin son leyes orgánicas, el enfoque de género debe estar presente en todos los ámbitos, como en la educación -la malla curricular- y en la salud -sexual y reproductiva-.   

 

Desde el punto de vista lingüístico, se diferencia sexo de género. El término sexo se aplica a los seres humanos: mujer: sexo femenino para la mujer; y varón: sexo masculino; el de género, en cambio, a las cosas o aspectos de los seres pero sin ninguna connotación de carácter sexual; en este sentido, se habla de tres géneros: masculino, femenino y neutro. La sangre, por ejemplo, es femenino en castellano, masculino en italiano (il sangue) y neutro en inglés (The blood)

 

Los teóricos del género comienzan por sostener que sexo es sinónimo de género. Luego, obligan a reemplazar el término sexo por el de género en el lenguaje ordinario y en la documentación. Antes se preguntaba a la persona: sexo (masculino o femenino); hoy: género (masculino, femenino o las otras construcciones).

 

La biología y la psicología, por su parte, demuestran que entre cuerpo y alma y, por lo tanto, entre lo biológico y lo sicológico y entre sexo y género existe una unidad inseparable.

 

En la vida ordinaria, el “sexo” biológico no sólo marca la diferencia anatómica entre varón y mujer, sino también influye en todas las dimensiones del ser humano: psíquica, social, cósmica y trascendental. Somos seres sexuados en todas las dimensiones humanas.

 

Clínicamente, por otra parte, aún no se ha encontrado una sola persona que haya cambiado su psiquismo de masculino a femenino o viceversa. Se pueden imitar gestos y modales del otro sexo, cambiar la manera de actuar, pero no la realidad sexuada en sí misma: se nace y se muere mujer (xx) o varón (xy). Esto sucede también con las personas que se mutilan o cambian sus genitales.

 

El único caso citado fue el del Dr. John Money, de la Universidad de Baltimore (USA), quien defendía que el género dependía exclusivamente de la educación y no del sexo biológico. Este médico presentaba a la comunidad científica el caso de un gemelo univitelino que, en 1965, en la circuncisión, por una mala práctica quirúrgica, fue amputado su pene. Cuando sus padres acudieron a su persona, les aconsejó que lo castraran y lo educaran como si fuera una niña.

 

En 1967, Bruce fue intervenido quirúrgicamente; le cambiaron de genitales y le llamaron  Brenda. A la edad de dos años, cuenta su madre, que no aceptaba que le vistieran como mujer y que en la escuela actuaba como varón, lo cual le traía serias dificultades  con sus compañeros de clase. 

 

En 1980, su padre le contó la verdad y Bruce optó por un proceso quirúrgico, denominado “faloplastía”, y adoptó el nombre de David.  A los 23 años, se casó con una madre soltera de tres hijos. Su historia se hizo pública en el 2000 y al poco tiempo se divorció. Su hermano gemelo Brian, en el 2002, se suicidó. A los dos años David también se quitó la vida, pues no podía soportar el sentimiento de culpa.  El Dr. Money retiró su prueba de la comunidad científica.

 

Desde el punto de vista científico, cuando no se puede demostrar un presupuesto, la teoría sigue siendo una hipótesis. Esto pasa con la ideología de género: nunca ha tenido una comprobación empírica irrefutable. Una  teoría, además, es válida hasta que aparezca otra que explique mejor las cosas. 

 

En la vida ordinaria, este presupuesto no tiene asidero alguno; pues, lo que se percibe, de un modo inmediato y espontáneo, es que lo masculino está relacionado con el cuerpo de un varón; y lo femenino  con el cuerpo  de una  mujer. No es posible, por ello, separar el sexo biológico del género psicológico, ni tampoco el sexo biológico del género cultural o social; pretender hacerlo es demasiado artificioso como para ser propuesto e impuesto como un axioma científico.

  1. Relación: naturaleza-Cultura

La ideología de género  separa la naturaleza humana de la cultura; y, luego, reduce lo natural a lo cultural. Con esta posición, niega la participación de la naturaleza física y psíquica en la sexualidad del ser humano.

 

La sexualidad humana, según esta doctrina, sería una construcción cultural. La autonomía del género es tan absoluta que es la “cultura” la que crea “la verdadera naturaleza” de varón o mujer.  Por ello,  “no se nace ni varón ni mujer, sino que se hace”.

 

La naturaleza y la cultura, sin embargo, en la vida ordinaria, son convergentes e inseparables. Por ello, podemos conocer tanto el valor de las  cosas en sí mismas como darles un nuevo valor cultural, ya sea estético, económico, social, político o religioso.

 

Pero ¿qué significa construir? Cuando se construye una casa, un puente o una carretera, se necesitan al menos tres elementos: un constructor, un diseño y unos materiales existentes.

 

Los materiales, por su parte, pueden ser naturales: barro, madera, piedra, arena, o también elaborados a partir de otros: el cemento, el ladrillo, el bloque, el vidrio. Los materiales, en este caso, preceden el proyecto de construcción; más aún, los diseños dependen del material que se tenga a mano. 

 

La naturaleza de las cosas jamás podrá ser cambiada en su esencia; de serlo, perdería su identidad o desaparecería como especie. La cultura, por lo tanto, puede “modificar” la naturaleza pero no cambiar su esencia.

 

Entre la naturaleza humana y la cultura es necesario un equilibro. Si bien existen diferencias biológicas y psicológicas entre varón y mujer; sin embargo, no todo es natural, es decir, no estamos predeterminados biológicamente. La educación, los hábitos y la voluntad pueden modificarlos (cambiar de forma).

 

Las conexiones neuronales y las hormonas no explican todo, como tampoco la educación y las influencias sociales. Por un lado, están las neuronas, las substancias químicas del cerebro, las hormonas y los genes; y, por otro, la crianza, la educación, el ambiente. De este modo, ni todo es natural ni todo es cultural, sino que existe una interacción entre estos elementos. “La naturaleza humana y la dimensión cultural se integran en un proceso amplio y complejo, que constituye la formación de la propia identidad, donde ambas dimensiones, la masculina y la  femenina, se integran y complementan”. (Benedicto XVI).

 

Lo natural y lo cultural, por lo tanto, son elementos distintos pero, a la vez, inseparables. Por este motivo, la afirmación de que el género masculino o femenino es “únicamente” una construcción social o cultural no tiene un fundamento sólido; olvida que, para hacerse, desarrollarse o “construirse”, no se parte de la nada, sino de una estructura biológica y psíquica dada de antemano por la propia naturaleza humana.

  1. Relación varón-mujer

La ideología de género presupone que el varón y la mujer son sexualmente idénticos o iguales. Para sustentar los procesos educativos, apela a otro presupuesto: la neutralidad en el nacimiento: no se nace ni varón ni mujer.  Cada persona, a partir de sus sentimientos y decisiones y contexto cultural, descubrirá su identidad sexual (género) y optará por una de ellas.

 

Para lograr este objetivo, deberá realizar una serie de prácticas físicas (masajes, caricias) y psicológicas. Las familias y las escuelas, además, no podrían ni deberían imponerles ciertos roles ni estereotipos a varones y mujeres. “En la crianza y educación de la prole nada importa si los padres son dos hombres o dos mujeres, pues los papeles son los mismos”. (Calvo Charro, María, Alteridad sexual –razones frente a la ideología de género-, Madrid, 2014, 14)

 

La neurociencia, la endocrinología genética, la psicología del desarrollo, entre otras ciencias, por lo contrario, demuestran que las diferencias entre los sexos, junto con sus aptitudes, formas de sentir, de trabajar y de reaccionar, no son sólo fruto de los condicionamientos históricos o de los roles atribuidos tradicionalmente a hombres y mujeres, sino que vienen dados por la naturaleza biológica y psíquica de los mismos.

 

La estructura física, sicológica y espiritual de la mujer es diversa a la del varón. De aquí surge un imperativo ético: es necesario aprender a reconocer y apreciar la manera particular de ser, pensar, sentir y obrar de los varones y de las mujeres. Comprender su modo particular de mirar la política, la economía, el arte, la espiritualidad y la ciencia es fundamental para construir la familia, la sociedad y la Iglesia.

 

La neutralidad sexual, sin embargo, ha calado en muchos ambientes de la sociedad, incluso en las instancias políticas y administrativas. En estos ambientes, se afirma que a las niñas, no se les debe imponer la imagen de la mujer como esposa y madre, ni involucrarlas en actividades femeninas tradicionales. Niegan la feminidad y la masculinidad y se fomenta un trato igualitario, como si fueran sexualmente polimorfos. Esto ha provocado el desconcierto y la frustración de muchos niños y jóvenes; algunos de ellos se deprimen y otros se vuelven violentos.

  1. Educación diversificada

La diversidad sexual femenina y masculina nos desafía a buscar nuevas formas de aprendizaje-enseñanza de los niños y de las niñas. No se puede exigir y esperar lo mismo de los varones que de las mujeres.  “El ritmo de desarrollo cognitivo de los niños es más lento y les exigen que escriban, lean y se expresen del mismo modo y con el mismo nivel de madurez con que lo hacen sus compañeras de pupitre. Lo que es imposible. Los niños acaban siendo tachados de vagos, lentos o se les diagnostica problemas de aprendizaje en realidad inexistentes. Las chicas que están a su alrededor leen más de prisa, controlan sus emociones mejor, y están más cómodas con el énfasis de la educación actual en el trabajo en equipo y en la expresión de los sentimientos. En cambio,  los chicos apenas encuentran algo de la acción física o la competición que a menudo les gusta”.

 

El cerebro de la mujer, además,  goza “de un mayor número de conexiones entre el hemisferio cerebral izquierdo y la parte del cerebro responsable de los sentimientos y la emotividad. Por ello, al hablar o escribir, las niñas añaden más detalles y calificativos; resultado sus descripciones son mucho más plásticas y expresivas que las de los niños de su misma edad”. Los chicos, en cambio, “van más rápidamente a lo esencial, están más a gusto en la acción y en el movimiento, aprenden si pueden moverse, manipular, atenerse a lo concreto”. (Calvo Charro, María, Alteridad sexual, 75-76. 79).

 

Esta diversidad entre el varón y la mujer nos lleva a evaluar la educación mixta y a redescubrir las ventajas de la educación diferenciada por sexos. La educación mixta, sin tener en cuenta las diferencias psicológicas entre varón y mujer, ha formado un ser híbrido y asexuado: el alumno. 

 

En la actualidad, existen varios modelos de educación diferenciada. 1. Colegios mixtos con clases diferenciadas por sexo en determinadas materias y edades (matemáticas, lengua, gimnasia). 2. Colegios mixtos: clases separadas por sexo en todas las asignaturas, pero que comparten espacios comunes, como la recreación y los bares. 3. Colegios diferenciados: sólo para varones y sólo para mujeres.

 

La educación diferenciada ayuda a superar el mito de la neutralidad sexual y se concentra en la aplicación de métodos docentes que respondan a las peculiares formas de maduración, tanto cognitivas como conductuales, de los varones y de las mujeres. La pedagogía debe entonces adecuarse a la psicología de los varones y de las mujeres.

 

A pesar de las evidencias científicas, vivimos una época en que muchos intelectuales y académicos están convencidos de que ambos sexos son iguales; prefieren dejar de lado la existencia de diferencias genéticas y siguen hablando de que se nace como una hoja en blanco, donde las experiencias de la infancia marcan la personalidad masculina y femenina. La presión ideológica es tan fuerte que no se escuchan los argumentos racionales y científicos. Los filósofos de la “de-construcción” niegan el valor de las ciencias empíricas.

 

Las diferencias entre varón y mujer, por otra parte, no deben ser motivos de discriminación entre sí. No se trata de volver  a la relación “amo esclavo”, donde el varón domina y la mujer se somete o viceversa, ni a la categoría opresor (varón) y oprimido (mujer), como promueve el marxismo cultural.

  1. Igualdad: varón y mujer

Si partimos de la diversidad sexual entre varones y mujeres, ¿es posible hablar de igualdad?  Por supuesto que sí; más aún, la igualdad fundamental de las personas de distinto sexo, cultura, etnia y religión es la base de la convivencia humana.

 

Los conceptos de igualdad, equidad o paridad de género ocupan un lugar preferencial en todos los ámbitos de la vida; más aún, reflejan una de las grandes aspiraciones humanas.

 

Pero estos conceptos, como ya indicamos, son ambiguo. Por eso preferimos hablar de igualdad de sexo o de equidad entre hombres y mujeres.

 

La antropología física y filosófica nos demuestra que la igualdad o equidad entre varones y mujeres se fundamenta en:

  • La pertenencia a la única naturaleza humana (especie).

  • La dignidad como  seres humanos; ningún sexo es superior ni inferior al otro.

  • Los derechos y deberes.

  • Las oportunidades de vida

La igualdad fundamental de especie, dignidad, derechos y deberes y de oportunidades entre hombres y mujeres es un imperativo que nos impulsa a superar toda forma de discriminación injusta que haya sido creada y mantenida por estructuras culturales fuertes.

 

En muchos ambientes, hasta hace poco se pensaba que la mujer debía hacerse cargo exclusivamente del hogar y  la familia; y que el varón debía responder a las exigencias de la sociedad.  Pero, en las últimas décadas, se ha puesto de relieve que tanto la mujer como el varón son corresponsables del hogar y de la sociedad. La mujer, sin descuidar su papel en el hogar, está llamada a contribuir en la sociedad; y el varón, sin abandonar sus compromisos con la sociedad, está invitado a asumir actividades del hogar.

 

Es necesario, por ello, abandonar tanto la visión patriarcal, que tiende a relegar a la mujer únicamente al espacio privado del hogar, como la concepción de algunos movimientos feministas que pretenden reducir los roles de la mujer y del varón a estereotipos de carácter puramente cultural.

 

En la actualidad, constatamos, con inmensa satisfacción, la presencia de la mujer en muchos ámbitos de la convivencia humana, como en la política, en la economía, en la salud, en el arte, en el deporte, en la religión. Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer hasta que sus derechos sean plenamente reconocidos y valorados por el varón no sólo en la teoría, sino también en la práctica. Pues aún hay “diferencias” culturales, ya sean sociales, políticas, económicas y religiosas, presentes en costumbres y tradiciones, que deben ser superadas cuanto antes.

 

De esas consideraciones, se concluye que es de suma importancia reconocer tanto la igualdad fundamental como la diversidad de la mujer y del varón. Esto nos permite superar dos posiciones extremas: el machismo, que pretende disminuir y hasta anular la presencia de la mujer en la vida social, política y económica; y el feminismo e extremo, que intenta prescindir del aporte del varón. 

 

Diversidad e igualdad, por lo tanto, no son dos conceptos contrapuestos, sino complementarios. La igualdad sin la diversidad, terminaría en uniformismo; y la diversidad sin la igualdad, desembocaría en la atomización de las personas y de los grupos, que podrían conducir a enfrentamientos fratricidas; con lo cual, la anhelada paz sería una ilusión o una quimera.

 

Para el cristiano, la diferencia natural entre varones y mujeres es una expresión de la sabiduría, de la bondad y del poder de Dios y al servicio de la comunidad humana; y la igualdad fundamental es la base para  una auténtica convivencia entre varones y mujeres.

  1. Consecuencias y reflexiones

El concepto de género, como decisión personal (preferencia) o construcción cultural, independiente de la naturaleza biológica y psíquica del ser humano, tiene sus consecuencias en la persona, en el matrimonio,  en la familia y en la sociedad.

  1. En la persona

Con la neutralidad sexual entre varón y mujer, no se podría distinguir, en las primeras fases de la vida, lo masculino de lo femenino. Esta tarea quedaría pendiente hasta que el individuo descubra  a partir de lo que sienta  y elija o también de lo que la cultura pueda decir.

 

Al no haber distinción real entre lo masculino y lo femenino, todas las relaciones sexuales tendrían el mismo valor antropológico y, por lo mismo, ético. No sería posible distinguir entre relaciones naturales y antinaturales, buenas y malas, lícitas e ilícitas; pues todas las relaciones sexuales serían naturales, buenas y lícitas.

 

El límite, para que no sean naturales, buenas y lícitas, sería la falta de libertad de una de las partes, como en el caso de violación; bastaría entonces el consentimiento para que todo tipo de relación sexual deje de ser antinatural, mala e ilícita. El Estado, por su parte, estaría obligado a proteger jurídicamente todas las identidades de género de toda forma de discriminación.

 

Reflexión

 

Frente a esta visión, es necesario ofrecer, particularmente a los niños y jóvenes, una formación antropológica integral, es decir, que abarque todas las dimensiones del ser humano, a partir de la unidad existente entre sexo y género, naturaleza y cultura e igualdad y diversidad sexual entre varón y mujer.

  1. En el matrimonio

Si toda relación sexual consentida, sea esporádica o permanente, tiene el mismo valor natural, ético y legal, se destruye el concepto de matrimonio como institución natural entre un varón y una mujer.

 

Las otras formas de relación sexual, igualmente, adquieren el mismo valor de matrimonio, como el concubinato, el intercambio de parejas, la poligamia, la poliandria, la prostitución, las uniones homosexuales, la pedofilia, incluso la zoofilia y la necrofilia. 

 

Reflexión

 

El matrimonio ha sido reconocido, en todas las culturas, como el lugar óptimo para la formación y educación de la prole, la transmisión de los más profundos y auténticos valores culturales  y como el medio más eficaz para brindar a la sociedad un cimiento sólido y seguro para su progreso.

 

El matrimonio entre varón y mujer, como comunidad de vida y en orden a la procreación y educación de los hijos, es valorado, en todas las culturas, como un espacio estable y armónico frente a otras formas de relaciones sexuales ocasionales, como las prematrimoniales y las extramatrimoniales. Aristóteles, en su libro “Ética a Nicómaco” (VIII, 12, 1.162a), explica que el varón, por naturaleza, prefiere vivir en pareja antes que asociarse políticamente, por cuanto la familia antecede a la sociedad.

  1. En la familia

Si por matrimonio se entiende toda unión: varón-mujer, varón-varón, mujer-mujer, la familia se reduce a cualquier tipo de convivencia: heterosexual, homosexual, monoparental (padre-hijos, madre-hijos), o también a la relación abuelos-nietos, tíos-sobrinos, hermanos.

 

La patria potestad, además, entra en crisis. Pues, si la máxima autoridad reconocida hasta ahora al padre, se comparte con la madre, en caso de discrepancia ¿quién  tiene la última palabra: el padre o la madre? Si se deja al juez, en algunas circunstancias, la autoridad la perderían los dos. 

 

Reflexión

 

En la familia, la persona es aceptada y amada tal como es, independientemente de sus cualidades  o de lo que posea. En la sociedad, en cambio, por lo general, se acepta y valora a las personas por lo que tienen.

 

La familia no  es un invento humano, sino una institución exigida por la propia naturaleza humana. La pretensión de sustituir la familia, basada en el matrimonio estable e indisoluble entre un varón y una mujer, históricamente ha fracasado.

  1. En la sociedad

Si desaparece el matrimonio y la familia, la sociedad como tal corre el mismo riesgo. Hipotéticamente, se podría pensar en un nuevo fundamento de la sociedad, como la familia reducida a realizar tareas dentro de la sociedad: cuidar a los hijos, ofrecerles un techo o compartir la amistad.

 

Reflexión

 

La unidad e indisolubilidad del matrimonio garantizan la estabilidad y consistencia que requieren los cimientos de la sociedad. Esta institución no puede ser puesta al nivel de otras realidades que no tienen la riqueza y la grandeza de sus objetivos.

 

La familia, además, es el lugar donde reside la memoria histórica de los pueblos; es una especie de “código genético” de la historia de la vida verdaderamente libre. En la familia se recoge y transmite la tradición y los valores culturales. La familia, desde esta óptica, no es un pedazo del cuerpo social, sino la que garantiza su prosperidad. Si se destruye la familia, se acaba con la cultura de un pueblo; y un grupo humano sin identidad cultural, se vería forzado a imitar o adoptar otra cultura. 

 

Las culturas han subsistido gracias a la presencia de las familias constituidas por matrimonios estables, donde esposos e hijos viven la comunión de vida y de bienes. Sin la familia, la cultura es incapaz de subsistir.

 

La familia, por consiguiente, sigue siendo el “humus antropológico” para el desarrollo de la personalidad de cada ser humano, como también el “humus comunitario” para la transmisión de la cultura.

 

Conclusiones

 

Ante a la hipótesis de que la sexualidad humana es una decisión personal y una construcción cultural, independientemente de la naturaleza biológica y psíquica del ser humano, la ciencia y la experiencia evidencian la unidad inseparable entre sexo y género, naturaleza y cultura, como también la diversidad sexual -varón y mujer -y la igualdad fundamental entre ellos de: especie, dignidad, derechos y deberes y oportunidades.

 

Los niños y los jóvenes tienen el derecho y el deber de exigir una antropología bien fundamentada en la ciencia que les permita vivir y construir un matrimonio, una familia y una sociedad sólidos.

 

Los padres y madres de familia tienen también el derecho y el deber de formar a sus hijos, especialmente en el campo afectivo-sexual, desde sus propias convicciones, creencias y opciones pedagógicas. Ninguna Institución del Estado puede, por lo tanto, bajo ningún concepto, apropiarse estos derechos y deberes.

 

 

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